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viernes, 18 de noviembre de 2016

Mercado de materiales no estructurados

Hace tiempo, la tienda de nuestra clase estaba repleta de alimentos de plástico, muy realistas por cierto, estéticamente eran preciosos, pero que generaban un juego que bajo mi punto de vista era de “poca calidad” ¿qué quiero decir con eso? Pues que eran unos juguetes demasiado cerrados que no daban pie a imaginar, a crear, a un verdadero juego simbólico y si esa era la finalidad de tener una tienda con alimentos en el aula, no estaba funcionando.

No hay más que ir a la propia definición de juego simbólico para ver que lo que teníamos no lo era.  El juego simbólico es aquel que permite que cualquier cosa pueda tener diferentes funciones, cualquier objeto represente cosas  y el niño puede jugar “como sí”. Un palo puede ser una cuchara, un lápiz, una salchicha, una trompeta, un catalejo… En cambio, nuestro brócoli, sólo servía de brócoli, nuestro pimiento rojo, lo utilizaban casi siempre de pimiento rojo, lo mismo con la mazorca de maíz, el apio… Por lo que estos juguetes eran bastante cerrados, no ofrecían un juego simbólico de calidad, porque precisamente no daba pie a lo que significa SIMBÓLICO: el utilizar unas cosas en función de otras. 

  Esta es la clave de por qué los niños se entretienen más con la caja que con el juguete.

Por esta razón, nuestra tienda cambió los alimentos de plástico por materiales no estructurados: anillas, palos, piñas, formas de madera... Este tipo de elementos, permiten un juego mucho más rico,  estos materiales permiten mil funciones, muchas más combinaciones. Y no sólo nos sirven para el juego simbólico, también se utilizan para el juego de construcción.



Además se ajustan a las necesidades de cada niño, los  de mi clase tienen de 2 a 3 años, por lo que hay niños que han entrado en juego simbólico y otros que todavía no, que se encuentran en una etapa más sensoriomotora, que su necesidad es la de combinar objetos, tocarlos, meterlos en recipientes, sacarlos,
golpearlos… Así que este tipo de elementos se ajustan mucho mejor a las diferentes necesidades.




Por último, todos estos elementos son de materiales naturales por lo que aportan diferente información  sensorial (también los recipientes son de metal, mimbre…) diferente peso, textura, temperatura, sonido…  (No sabéis lo que les gusta dar vueltas a las conchas en una olla y escuchar cómo suenan unas contra otras al chocar).

Además, a la hora de recoger, para volver a dejar cada elemento en su bandeja, CLASIFICAN y clasificar es un requisito previo para comprender el concepto de número. Así que trabajan las matemáticas. 


Este cambio, fue hace 2 años y todavía sigo sorprendiéndome de la riqueza de juego que ofrecen los juguetes que no son juguetes.



Por cierto, en mi libro CRIANDO, encontraréis un capítulo sobre el juego y el juguete, puedes descargarlo pinchando aquí.



Cuantas menos cosas haga un juguete, más cosas hará la mente del niño

Laura Estremera

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